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Por como ha sido el devenir de la historia de la humanidad, todo ámbito de la realidad tiene su modelo heteropatriarcal, basado en los roles de género, que estructura la norma social según unos valores y no otros. La arquitectura no se libra de ello.

Metodologías de PFC desde una perspectiva de género” es un artículo escrito por el sumatorio de tres voces que, sin perder su identidad, se contaminan unas a otras. Y es que, en el modo de hacer este artículo, está  en realidad uno de sus objetivos: la pluralidad de formas de ser posibles desde la radical subjetividad del individuo, por residir ahí su creatividad y su emancipación. El conocimiento se genera así desde la puesta en común bajo unas “normas del juego” creadas por los propios implicados. Esta puesta en común, debería hacer visible coincidencias, dudas, conflictos, generar controversias puesto que es ahí, aunque no sólo, donde residirá la oportunidad de avanzar.  

La conversación que abre este artículo, sobre las posibles relaciones entre pedagogía o procesos formativos, teoría de género y formas de ser arquitecto, teniendo como objetos de estudio algunos PFCs de la escuela de arquitectura de Alicante (en este primer artículo el PFC de Verónica Francés y el mío), tendrá continuidad con más voces en los próximos meses y experimentando con otras metodologías de conversación.

Para muchas personas las teorías feministas o de género forman parte de luchas pasadas ya superadas al menos en el primer mundo, igual que, dicen, ya están “integrados” los gays y las lesbianas, y si me apuras los transexuales. Es la idea de una lucha por la igualdad que ni es cierto que esté superada ni es el activismo y teorías de género al que se refiere este texto, "ya que ser iguales en un modelo de mundo que no nos convence carece de significado (Victoria Sendón). Son las teorías críticas que dan condición de posibilidad a la diversidad de formas de ser, (teoría queer, feminismo integral…) las que se pretende poner al lado, en este caso, de  unos modos de hacer arquitectura o de ser arquitecto, en el que lo raro, lo extraño, lo disidente, no solo tienen cabida sino que son considerados lugares fértiles para la emancipación creativa y la resignificacion subjetiva de los propios conocimientos arquitectónicos. Quien favorece esto en sus aulas lo hace sabiendo que estas formas de ejercer, de experimentar con la profesión o con los conocimientos arquitectónicos, no están validadas por las instituciones, no tienen las supuestas garantías de éxito que tienen los modelos heteropatriarcales de ser arquitecto.

En mi caso, y como explico en el artículo, a las teorías de género llegué tras estar en el oasis que escogí como contexto para realizar mi Proyecto Final de Carrera, aunque ya mucho antes encontraba violento y simplificador la división de la humanidad en dos únicos géneros posibles y tambien ya antes de estar en el Oasis me cuestionaba el rol tradicional de la figura de arquitecto. Recuerdo con cariño cuando escribí este post tan corto pero que condensa lo que pensaba y sentía al respecto de alguno de estos temas.

Descubrí algunos de los escritos de Fatema Mernisi, Remedios Zafra, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Beatriz Preciado...Reconocía en todas estas autoras, cada una a su manera, la crítica a lo que se conoce como el discurso logocéntrico: aquel que busca una razón o un sentido único a las cosas, que se presenta como una razón objetiva, neutral respecto de quien la enuncia, y por tanto una verdad universal, más cierta que las demás, aceptada desde la moral o desde la ciencia, desde los saberes institucionalizados o legitimados, desde el poder dominante,”aquél cuya superación implica desvelar las ausencias frente a las presencias, la falta de significado frente al esfuerzo por significar, las oscuridades frente a las zonas iluminadas, es decir, favorecer un ejercicio de liberación formal que nos permita generar zonas de sombra y de vacío que favorezcan el movimiento de piezas” (Zafra, 2014)

La tendencia al logocentrismo está enraizada en lo más profundo del pensamiento occidental y la podemos detectar constantemente en personas jóvenes, cultas y europeas, quiero decir, que de superado no tiene nada. Me sobran los dedos de la mano para contar las escuelas de arquitectura donde un proyecto final de carrera como el de Verónica, el mío o el de otras compañeras tuviesen cabida (de hecho, algunos tuvieron más cabida que otros a lo largo de la historia de la Escuela de Alicante...) Y sigue pasando, se sigue fomentando ese modelo heteropatriarcal en contextos incluso considerados defensores de las políticas de género. Hace poco una amiga me contaba la respuesta de su profesor de un master de cooperación, cuando ella le propuso hacer un manual de higiene para la gestión doméstica del agua, en un pequeño poblado sudamericado. El profesor contestó:

" Eso dejaselo a los curas, tu eres ingeniera".

Lo que contestó ese profesor  ya lo podemos considerar una negación del desarrollo de la subjetividad y de la construcción de una ética profesional propia. Es importante tener argumentos y referencias que muestren lo quivocado de sentencias así. (Le di esta referencia a mi amiga, Health Habitat)

Así que, poder contribuir, por poco que sea, a que se superen este tipo de negaciones, le dan todo el sentido, la relevancia y la emoción a esta investigación que continuará!

PD: este otro post tiene el enlace a un comentario, de Ester Gisber, que pongo directamente, porque invito mucho a leerlo, para quien, tras leer éste, siga interesada en estos temas.

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Siete días en Madrid alternando la experiencia surrealista de un taller muy institucional de arquitectura, con la experiencia underground de la ciudad, han sido suficientes para reafirmar la gran distancia que existe, en cuanto a autenticidad y pertinencia, entre lo que se produce en una realidad y en otra, por muchos intentos, desafortunados y afortunados, que se hagan por trazar vínculos reales entre ellas. Vi esperanzas de esos intentos, pero en este viaje las vi desde lo underground hacia lo institucional y no al revés.

Empiezo con la experiencia del taller:
La exposición en la que se enmarcaba el taller al que asistí tenía mucho de populista y sensacionalista, y eso se sabía. La cuestión es que me apetecía mirarlo de cerca, conocer de cerca la forma de trabajar de alguno de estos arquitectos que impartían los talleres y cuyo trabajo seguía. Tenía curiosidad por saber su opinión, de primera mano, respecto a la exposición. Una exposición que se abanderaba sin pudor, a pesar de quienes eran los organizadores, con lemas como éste:
«la arquitectura no es sólo una actividad glamurosa, hecha para soportar narcisismos, hay que apostar por la arquitectura cotidiana: la que pertenece a la vida cotidiana de la gente y no a los edificios escultóricos y a los iconos.»

Pues bien, a este contexto me quise acercar, para observar, preguntar y con suerte (tenía la esperanza de encontrar a alguien para ello) conversar sobre temas que realmente me parecen de interés y que la arquitecta que impartía el taller difunde en su web y en conferencias.

Pero esa conversación no ocurrió, y en su lugar lo que la arquitecta nos propuso fue pasar diez días en un museo, dieciséis arquitectos, modelando barro para, a través de este ejercicio plástico y manual, proyectar todo un programa de “necesidades” (una escuela, unas viviendas, un training center, y algo más) para una comunidad en Zimbabwe de la que no conocíamos prácticamente nada, ni falta que hacía, puesto que nuestra intuición nos guiaría hacia el camino correcto (y son palabras muy literales). Mientras, una lista de música africana sonaría de fondo y en algún momento del taller visitaríamos una tienda africana para inspirarnos en la decoración.

La primera pregunta que lanzamos fue dónde quedaba ese primer punto del “Manifesto for a humane design culture”, iniciativa de esta misma arquitecta, que considera fundamental en todo proceso de diseño arquitectónico centrado en las personas, partir de la “colaboración ojo a ojo”, la comunicación cercana y real. Preguntamos también por la posibilidad de entablar alguna vía de comunicación con esta comunidad a través de internet, puesto que existen muchos ejemplos de proyectos cuyo objetivo ha sido precisamente aumentar esa capacidad de comunicación de comunidades más aisladas, para así superar la retaila de prejuicios que se pueda tener sobre lo desconocido. Pero nos aseguraron que la comunicación con esta comunidad de Zimbabwe, aún siendo lo más deseable, no era posible.

El planteamiento de pasar diez días sin abrir el ordenador, sin estrés, produciendo modelos espaciales de barro, a diferentes escalas y sin buscar una solución final, sólo como proceso creativo, de experimentación plástica, me hubiese parecido genial (aunque para eso no hacía falta montar esa expo), si no fuera por el pequeño detalle de tener que pensar mientras modelabas barro que ahí dentro, en esa forma que te acababas de inventar a sentimiento, podría vivir o pasar mucho rato alguien que no te has molestado en conocer ni en preguntarle cómo quiere vivir. Ni siquiera el dato de proceder esta iniciativa de un pequeño centro de permacultura instalado en la comunidad se tuvo en cuenta. Porque proyectar o construir con tierra no es igual a construir según los principios de la permacultura. Existe un manual de diseño para la permacultura muy extenso al que nadie hizo referencia en todo el taller. Te puede gustar más o menos este manual, pero no hacerle caso, siendo el eje principal de la comunidad para la que proyectas, me parece algo más que cuestionable.

Estuve tres días de los diez que duró el taller, por curiosidad y porque aún mantenía la esperanza de poder conversar directamente sobre lo que se estaba produciendo al proyectar así, conversar sobre sus consecuencias. Quería hablar sobre ello para que todos fuésemos conscientes, y luego ya cada cual que elija. Pero no, no era posible esa conversación, por si coartaba la creatividad, por si enjuiciaba lo bueno y lo malo. “Don´t think, just do it” era el lema, mientras la música africana sonaba de fondo. Así que la comunicación entre nosotros tampoco era posible.

Era como la reproducción de ese taller artesanal donde el maestro le pide al aprendiz que confíe porque al final lo entenderás todo, al final será evidente por todos. Es para mí éste un modelo de enseñanza que no tiene nada de colaborativo y en el que el maestro no modifica un ápice el programa con el que viene. Al no construir el taller junto a los alumnos y hacer que estos acepten modelarse al programa, no está educando gente activa, crítica, propositiva, que construya sus propios modos de hacer y su propia ética.
Al contrario, lo que se educa es gente que sabe hacer a la perfección lo que se les pide, que suelen ser partes de un proceso diseñado por otros y cuya ética ni siquiera es necesario que te la plantees: Don´t think, just do it.

Hacía también referencia a conectarnos con nuestra intuición de la infancia, esa que al parecer, desprovista de la deformación cultural, es común a todos los seres humanos. Le preguntamos si creía que si todos los arquitectos proyectasen desde la intuición más conectada a su infancia, el producto resultante sería beneficioso para la humanidad. Y contestó que creía que sí. De hecho, días después (yo ya no estaba para verlo) pidió que unos niños que habían ido a visitar la expo, se pusieran a modelar junto a los arquitectos.

Aquí es donde llegamos para mí a toda una serie de extrañas mitificaciones de la creatividad y la inocencia en la edad infantil. La edad infantil como estado del ser humano de la que aprender mucho sencillamente por sus diferencias con la adolescencia o la edad adulta, es un tema que me ha interesado tanto que he formado parte de proyectos que trabajaban con el niño como usuario o como sujeto político. Soy consciente de todo lo que se puede aprender investigando esta etapa de la vida, y creo que a poco que se profundice se supera cualquier idea de que en la infancia somos más intuitivos o más creativos que en la edad adulta. Lo que pasa es que en la infancia no tenemos miedo a inventar.

El último libro que me han recomendado sobre este tema, “La imaginación y el arte en la edad infantil” de L.S.Vigotsky, habla claro sobre esto: tendemos a pensar que la imaginación de un niño es superior a la de un adulto a pesar de que la creatividad nos viene por las vivencias personales y ajenas, por tanto las de un niño son muy escasas, pero los niños no tienen miedo a expresar e inventar, y eso lo van perdiendo a medida que crecen.”

Así pues, si se trataba de entrenarse en perder el miedo a inventar, me hubiese parecido perfecto. Pero eso no es igual a decir que proyectemos tratando de conectarnos a un yo infantil, más intuitivo, menos racional, más inocente.

La arquitectura no es inocente. Un muro impide el paso en una dirección. Unas formas cavernosas obligan a habitar de una manera y no de otra. Unas geometrías tanto formales como decorativas, representan una estética con la que te puedes o no sentir identificada...nada de eso se va a tener en cuenta desde nuestra edad infantil.

¿Qué cuáles fueron los resultados de este taller? Como digo lo dejé al tercer día. Pero para entonces ya habían maquetas facetadas tipo piedras con cavidades interiores, estaba también el jarrón cerámico sobreescalado, las cubiertas piramidales, el árbol, el queso gruyere y algo muy parecido a un Guggenheim pero de barro. Y es que el proceso de diseño del Guggenheim, esa arquitectura icono que al parecer ya no necesitamos, fue muy parecido al proceso de diseño de estas maquetas, (conste que a mi el Guggenheim me emociona y que lo considero un producto que cumplió la función para la que se compró. La perversión fue querer repetir esto luego en cada pueblo). Se puede ver en el famoso documental, como Gehry le indica a su maquetista que recorte cartulinas y las vaya disponiendo de diferentes formas...hasta que la intuición del arquitecto le dicte que esa es la forma idónea. Gerhy al menos nunca ha dicho que su proceso de diseño arquitectónico fuese colaborativo o social.

La endogamia y el autismo místico para proyectar arquitectura han hecho y siguen haciendo mucho mal en el desarrollo de una profesión que acaso pudiera ser útil para la sociedad. Yo también he proyectado desde ahí, vi las consecuencias y decidí que debía replantearme mis modos de hacer. 

Ir con un catálogo de esculturas de barro a una comunidad de Zimbabwe para pedirles que elijan la que más les guste, que total no lo van a pagar ellos sino la comunidad europea, no me parece la mejor manera de fomentar el desarrollo ni la innovación entre dicha comunidad. Es lo mismo de siempre, vendedor y consumidor, pero más perverso aún al tratar de disfrazarlo de otra cosa.

Total que dejé el taller, y me pasé al underground de la ciudad, a vivir un poco de cerca esas manifestaciones de transformación de la ciudad por sus habitantes, como El Campo de la Cebada, Bestiario, el movimiento Stop Desahucios, la Casa de los Jacintos...que en algunos casos han sido transformaciones iniciadas por personas con conocimientos arquitectónicos, antropólogicos, de derecho, de economía, de agroecología o de fontanería...pero que además de eso son vecinas y vecinos del barrio, que disfrutan y sufren la ciudad, que detectan deseos, necesidades y conflictos de los habitantes, y se ponen a trabajar para aportar soluciones, considerando este trabajo una oportunidad de innovación social y siendo conscientes de que en algún momento  deberán negociar con el poder, para lo cual deberán saberse muy bien las normas del juego, las leyes, los derechos y las obligaciones políticas de todo ciudadano. Pude comprobar que están en ello y merecen toda mi admiración. De ell@s quisiera aprender.
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A veces damos por supuesto que ya no es necesario explicitar en ciertos contextos ciertas cosas, y nos equivocamos. Por ejemplo esta convicción, propia de mi formación en la Escuela de Arquitectura de Alicante, de que hace tiempo que dejó de tener sentido la búsqueda de una única, acotada y más verdadera que las demás, definición de “la Arquitectura”(así con la A en mayúsculas) y que en su lugar lo interesante es que exista “una arquitectura por persona que la estudie”, surgiendo ésta desde su subjetividad. Los profesores que apostaron por esto, que en realidad se concentran en el Área de Proyectos, debieron pensar que es la forma en la que una escuela puede contribuir a que cada persona construya su identidad, sus modos de hacer, su ética y su oficio propio.


En palabras de uno de estos profesores, Juan Antonio Sánchez Morales: “Desde luego estoy muy lejos de la satisfacción y la plena identificación con Alicante (intento de expresión aglutinadora de un sistema pedagógico arquitectónico), pero hay cosas que a estas alturas de la "película" tengo rotundamente claras. Una es que en el impulso de la subjetividad está la clave de la experiencia ética en la docencia arquitectónica, y al menos por ahí mal no vamos.”

Y no sólo en la docencia arquitectónica. En el diseño y producción de arquitecturas, el impulso de las subjetividades, también es para algunos la única vía de producir una ecología de las emociones como clave para la sostenibilidad.

¿Y a qué viene explicitar algo así por estas tierras?


Hace poco más de una semana fuí a la Escuela de Arquitectura de Alicante y junto a tres compañeras más, todas exalumnas AeA, contamos nuestros Proyectos Finales de Carrera. El público consistía en alumnos de arquitectura representantes de todas las escuelas de españa.
Tras la exposición de algunos PFC, escuché cómo alumnos, nada familiarizados con este tipo de docencias, se decían entre sí:
“en esta escuela no hacen arquitectura”


La cosa es que oir ésto no me escandalizó en absoluto, porque yo soy de las que piensan que lo que se hace en proyectos como los presentados ese día, (escogidos por ser representativos de la diversidad en la docencia AeA), es aplicar conocimientos arquitectónicos al diseño de servicios, objetos, experiencias... que plantean modificaciones, de manera deseable desde la subjetividad de quien lo realiza, sobre la realidad en la que actúa.

No necesito reivindicar que el resultado de esto es Arquitectura, pero tengo claro que contribuye a la innovación de la propia disciplina arquitectónica. También tengo claro que lo importante no es eso, lo importante es que las personas podamos desarrollar nuestros oficios, nuestros modos de hacer, nuestra ética propia, haciendo uso, entre otros conocimientos necesarios, de los arquitectónicos. Ésto nos podría llevar a aportar valor, el valor que consideramos deseable, a aquellas realidades sobre las que trabajamos. Nos podría llevar a innovar en ellas.

Otros compañeros tienen tan claro como yo esto. Jose Milara, de Proyecto áSILO, no se presenta como arquitecto, sino como una persona con conocimientos arquitectónicos, entre otros conocimientos, como por ejemplo en instalación de toldos, o en hacer zapatos de cuero (profesiones de su abuelo y su padre, en las que él ha sido aprendiz). De estos conocimientos hace uso, de manera combinada o no, dependiendo del contexto. Sergi Hernández también hablaba de esto hace tiempo, refiriendose a focalizar, antes que en las competencias atribuidas por el título de arquitecto, a las destrezas o habilidades adquiridas durante la formación. Este otro post hace una reflexión a su manera sobre qué hacer con este conocimiento, focalizandose en el cliente y/o en los servicios que de verdad se demandan en los contextos en que trabajemos. Y Ester Gisbert creo que no para de contribuir, con sus reflexiones, a esas nuevas prácticas arquitectónicas (o de construcción del entorno) posibles.

No digo que sea fácil, ni que todas estemos consiguiendo dar continuidad de forma exitosa a los trabajos, investigaciones o modos de hacer planteados desde esos proyectos finales de carrera. Pero muchas continuamos investigando desde la experiencia propia, lo cual es uno de los pilares fundamentales para el desarrollo de subjetividades y de una ética propia, entendiendo la experiencia como "forma de relación del ser humano con el mundo, a través del cual intenta construir un sentido para su "propio ser en el mundo". (El cuarto saber, guía para el aprendizaje experiencial)
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La chispa que desató la iniciativa de la que hablé en el post anterior fueron las reflexiones de uno de nosotros sobre los procesos de producción artesanales, industriales y digitales pensados de manera conjunta, como algo mucho más deseable que aquello que los presentan como antagónicos o incompatibles. 

Se da el caso de que los habitantes de la casa Mandangas, que comparten espacio de trabajo, ideas, sueños, intereses... podríamos considerar que tendemos a unos modos de hacer artesanales, a la manera en que reivindica Sennet el significado de esta palabra (el subrayado es mío):

“ Es posible que el término “artesano” sugiera un modo de vida que languideció con el advenimiento de la sociedad industrial, pero eso es engañoso. “Artesanía” designa un impulso humano duradero y básico, el deseo de realizar bien una tarea, sin más. La artesanía abarca una franja mucho más amplia que la correspondiente al trabajo manual especializado.”

Desde esta perspectiva (de momento demasiado genérica) los habitantes de esta casa, al menos en una cantidad importante de nuestros trabajos, los vivimos con intensidad y dedicación por decisión propia, porque nos resulta estimulante. 

En los procesos de producción unos tienden a trabajar más con un tipo de herramientas manuales, otro más mecanizadas, otros más digitalizadas (como el artesano del código…) Una de mis propuestas para la última charla ha sido cambiar las palabras “producción artesanal, industrial, digital” por “producción manual, mecanizada, digitalizada”. Así dejamos el concepto de artesanal para poder ser aplicado a cualquiera de las tres producciones. Este esquema, que para algunxs será obvio, sigue sin serlo para una cantidad importante de la humanidad. A nosotros nos ha ayudado a clarificar el contexto de estos encuentros: (es un esquema reeditable en el tiempo, por supuesto)
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Los objetivos de estas “confes de salón” pasan por relatarnos, visualizar qué realidades generan nuestros modos de hacer, imaginar el futuro que construyen, cómo pensamos llevarlo a cabo y qué herramientas necesitamos para instrumentalizar prácticas comunes que hagan (más) posible la suma y la multiplicación de los modos de hacer de cada uno…
En realidad nada nuevo, sólo más íntimo que otras veces. 

Yo he decidido ir publicando mis conclusiones y mis procesos de producción en este blog, a la espera de esa publicación conjunta de los modos de hacer de cada una de las personas de este grupo, así como los puntos comunes que hemos encontrado en las reflexiones compartidas tras las exposiciones.


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“Dejar que la "“gente reconozca el problema”" una vez terminado el trabajo, significa confrontar a las personas con hechos habitualmente irreversibles en la práctica. El compromiso debe comenzar antes y requiere una comprensión mayor, más elaborada, del proceso por el cual se pasa mientras se producen cosas, un compromiso más materialista”
El Artesano, Richard Sennet


Decidí leer “El Artesano” de Sennet tras la primera charla de una iniciativa que comenzó hace poco más de un mes. Cada semana, un grupo reducido de amigos, nos encontramos para que uno de nosotros exponga a los demás sus modos de hacer, sus procesos de producción.
Lo llamamos “confes de salón”.
No he terminado la lectura del libro, pero quisiera ir subiendo anotaciones, esquemas, conclusiones, críticas, conforme lo leo, porque considero nos será de utilidad en los coloquios.

El “Artesano” es una reivindicación de la cultura material, haciendo una revisión crítica de la “Condición humana” obra escrita por la que fue su maestra, Hannah Arendt:


“A juicio de Arendt, nosotros, los seres humanos, vivimos en dos dimensiones. En una hacemos cosas; en esta condición somos amorales, estamos absortos en una tarea. También anida en nosotros otro modo de vida superior; en él detenemos la producción y comenzamos a analizar y juzgar juntos. Mientras que para el Animal Laborans sólo existe la pregunta “¿cómo?”, el Homo Faber pregunta “¿por qué?”.
Esta división me parece falsa, porque menosprecia a la persona práctica volcada en su trabajo. El animal humano, que es el Animal Laborans tiene capacidad de pensar; el productor mantiene discusiones mentales con los materiales...en el proceso de producción están integrados el pensar y el sentir”.


Esta reivindicación parte de entender la cultura material como algo necesario para la supervivencia de la humanidad. La tradición filosófica de su maestra, Arendt, vuelca toda la responsabilidad sobre el devenir del mundo al Homo Faber, puesto que le considera el creador de los procesos políticos. (En otras partes he leido que Arendt diferenciaba tres dimensiones humanas ante el trabajo: El Animal Laborans, el Homo Faber y el Hombre de Acción. Y que era este último el que creaba la acción política. En cualquier caso, no era el Animal Laborans)
Sennet considera sin embargo que para escapar de la autodestrucción del ser humano, es necesario un materialismo cultural más profundo, dejar de menospreciar el conocimiento práctico, la manera como se hacen las cosas en sí mismas:


“Abierto a los sentidos, el materialista cultural quiere investigar dónde se encuentra placer y cómo se organiza éste. LLeno de curiosidad por las cosas en sí mismas, quiere comprender cómo pueden generar valores religiosos, sociales, políticos. El Animal Laborans seviría de guía al Homo Faber “


Creo que con las “confes de salón” estamos desarrollando un poco este compromiso en nuestros desarrollos personales y colectivos. Cuando acabemos la ronda, la intención es editarlo y publicarlo, pero por ahora el formato hemos querido que sea cerrado a las personas que habitamos y trabajamos, (en mi caso muy temporalmente), en un casa llamada Mandangas, coincidiendo además que entre estas personas existe una gran confianza. 

Continuaré en otros post, que quiero dejar de hacerlos infinitos.

“Pago Justo” y las nuevas costureras



François Asher explicaba en “Los nuevos principios del urbanismo” el paso de la Sociedad Industrial a la Sociedad Hipertexto. Yo me planteo, desde la propia realidad cotidiana que me rodea, si donde toca ahora trabajar no será en el paso de la Sociedad Industrial a las Comunidades Hipercontexto* que algunos consideramos propias de nuestra época.


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El sábado pasado proyectaron una película en el salón de actos de la localidad en la que vivo. Era un acto organizado por la Asociación Cultural Jacarilla 2012 y la Concejalía de la Mujer, y la película fue PAGO JUSTO. (el enlace lleva a una crítica interesante)
Las primeras escenas de la película son grupos de mujeres y hombres en bici entrando en una factoría Ford, en los años sesenta, en Dahenham, Inglaterra. Ellas eran las costureras de las tapicerías de los coches.
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La mayoría de espectadoras presentes en la sala en ese momento eran mujeres de mediana edad, que muy probablemente habrían trabajado un tiempo como costureras para MODAS ASTORIA, en una nave a las afueras del pueblo, hoy en desuso y propiedad pública. Su estado actual tiene algo de instalación artística, de los restos de una civilización extinguida. Un espacio inquietante para algunas de las personas que lo hemos descubierto y visitado recientemente, sobre todo las que hemos descubierto que nuestras madres trabajaron allí.
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La conexión fue inmediata, claro. Mis tias y mi madre me han contado con anécdotas cómo trabajaban en este lugar: un trabajo de costura en cadena que muchas veces, lejos de fomentar la solidaridad entre ellas, fomentaba la competencia, (a ver quien demostraba ser más rápida), o el reproche a quien iba más lento y disminuía la eficacia de la cadena. La solidaridad existía, no en el grupo entero de mujeres, si no en pequeños grupos (por ejemplo entre hermanas).
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Aún me queda mucho que indagar en el relato de la NAVE ASTORIA, pero ahora continúo con el de PAGO JUSTO, que también está basado en hechos reales.
Las mujeres de esta factoría de la Ford decidieron movilizarse en grupo, para reclamar el pago justo de su trabajo. Un trabajo clasificado como “no calificado” en un contexto político en el que un estado permitía por ley que una empresa pagara menos a las empleadas mujeres, por ser mujer.
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La cuestión es que es el relato de una batalla propia de la época que vivían, con una heroína como líder de todo el proceso de movilización. Y a esa heroína un día, una de las chicas que se estaba preguntado por el sentido de esa batalla, le dice:
“si es que, en el fondo ni siquiera me importa el sueldo. Sigue siendo el sueldo de un trabajo de mierda”.
Ella lo que en realidad deseaba, su vocación, era ser modelo.
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Pero la batalla de la época le llevó a luchar en una batalla que no era la suya personal, si no la impuesta por una sociedad,  aunque también era la de su grupo de amigas, la de sus compañeras de trabajo. Vamos, que se sacrificó, como las demás, para dedicar sus esfuerzos a reclamar por una ley de igualdad que las llevaría a sentir más dignidad pero a la vez a seguir trabajando en “un trabajo de mierda” produciendo con su trabajo el beneficio de una empresa que no las respetaba.
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Y yo me preguntaba: ¿Y si una vez conseguido que la ley prohibiese la discriminación por género, se hubiesen unido para crear su propio negocio? Claro que, si ese negocio no hubiese salido de sus verdaderas pasiones, seguiría siendo un trabajo no deseado, aunque habrían ganado, además de dignidad, algo de autonomía. 
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Más de treinta años después de que cerrara modas ASTORIA, una de las hijas de una mujer que trabajó allí, ha iniciado su propio negocio, su propio proyecto de vida, en Jacarilla. El proyecto se llama WE HAVE A PLAN . Miriam Aniorte es costurera también y diseñadora. Ella disfruta cosiendo los modelos que diseña, inspirándose en las cosas que le motivan. 

Su nave es un taller familiar, que ha reconfigurado a través de un trabajo colaborativo con más personas que, como ella, tienen la inquietud de crear sus propios negocios desde sus creaciones en el mundo del diseño. En este post, Ana explica de forma hermosa lo que cree que es WE HAVE A PLAN. Yo, y nosotros los SILERUS, tratamos de afianzar esas conexiones que ella nos lanza, para que nos reforcemos las unas a los otros en la convicción de que la abundancia local es posible.
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También formarían parte de todo este relato unas nuevas costureras, esta vez alicantinas, el colectivo y futura asociación TEJEMANEJE, que han reconvertido un bar en desuso en un local para aprender a tejer desde la creatividad e inquietudes de cada persona. María Maraña hizo estas prendas de ropa con los retales del ASTORIA, contando todo el proceso en este post. 
El próximo sábado vendrá a Jacarilla a darnos un taller de Ponchos, en familia, en la Casa Liquen, que estos días estamos de visitas frescas y de ganas de artesanías.
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Y claro, todo esto ya lo tenían pensado las tremendas Laura, Ester y Sonia, con su ruta de emprendedoras artesanas. Estos talleres están construyendo una nueva manera de hacer desarrollo local. De hecho estos días estamos intentado definir las cuatro, nuestro concepto de abundancia local, del que habla John Robb en su blog Resilient Communities.  Esos talleres en Jacarilla nos hacen falta chicas.

Con todo este conjunto de acontecimientos que me rodean, pienso que sea posible, poco a poco, construir el "pago justo"(otra economía posible y otros mercados desde las personas) de las nuevas costureras, que es sólo uno de los múltiples oficios desde los que tejer redes.

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